Recorría el camino empolvando el aire, ya que corría, con ganas de llegar al límite del puente.No tenía prisa. El río nunca se movería de allí, pero corriendo podía oler más profundamente el olor de la nueva primavera.
Era el primer día de sol del año, y la hierba que había estado creciendo ya durante un tiempo, mientras llovía a finales de la época fría, desprendía un olor sutil, verde, a limpieza, a nuevo.
El Sol, más luminoso que de costumbre, hacía brillar las hojas nuevas que timidamente habían empezado a salir unos días antes y se mantenían tersas, duras. Hacía que tuviera que cerrar los ojos porque molestaba tanta luz natural de repente.
Y seguía corriendo hacia el puente. Llenando mis pulmones con aire tostado por los rayos, humedecido por la hierba, agradecido con la primavera.
Seguía corriendo porque en el puente, entre los arbustos, entre las nuevas frutas que aun eran flor, me esperaba mi amado.
Me esperabas tumbado en el verde. Yo seguía corriendo hasta que pasaba el rio, cascaras de nueces cayendo bajo mis pies. Seguía corriendo porque sabía que al golpearte y caer juntos al suelo, el sol nos llenaría de calor. De verde calor. Y tus besos eran mi luz.