Derrotado por el miedo
me escapé de la montaña azul.
Sacado de una esperanza
volví a recorrer los pastos vacíos
en busca del recuerdo de antaño.
Volví por los senderos que un día pisé
y mis pies cansados se escapan solos
por entre el polvo y la desolación
que un día sembraron las vanas esperanzas
y las angustias ancladas.
Ví de nuevo los árboles un día verdes
sumidos en sus otoños pausibles.
Olí las flores sin pétalos que habitaban aquella parte del camino.
Sin transeuntes
Sin aire
volví a ver aquel cielo ahora nublado y gris
que recordaba lleno de aromas africanos.
Bebí la última gota de mi vino
antes de desistir
y decicir que aquella milla
sería la última de mi viaje.
Y al fondo, en aquel mareo y aquella bruma cruel
estaba el Oasis.
Oasis regenerador que provclamó mi victoria al viento.
Justo antes de morir vi aquel agua correr.
Tarde pero pronto.
Pronto pero tarde.
Mi vida había llegado a su fin.
El Oasis era reconfortante, si.
El fin de mi camino había sido la mejor labranza de ese año.
29 de noviembre de 2006
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